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Cine armenio

Cine armenio

La falta de apoyo financiero y la censura que soportó por parte de la Unión Soviética no fueron excusas para que Armenia, un pequeño país del Cáucaso, desarrollara su industria cinematográfica. Es más, fue precisamente el régimen bolchevique el que le dio el empuje y la inyección de dinero que necesitaba para comenzar sólidamente.

Casi un año después de su anexión a la Unión Soviética, el cine de Armenia dio sus primeros pasos. El 16 de abril de 1923 es considerado el día de nacimiento del cine armenio. Ese día se fundó el Comité Estatal para el Cine, también conocido como Goskino, y desde entonces muchos rollos han corrido por el largo camino del celuloide armenio.

Gikor

Gikor

Un inicio promisorio

A partir del apoyo ruso, el joven Daniel Dznuni, de apenas 28 años, y el veterano del cine pre-soviético Hamo Bek-Nazarov, fundaron los cimientos de un prometedor cine. El último grabó Namus en 1926, un exitoso melodrama que causó sensación entre la nueva e incauta audiencia del pequeño país.

Si bien es difícil encasillar en un género la mayoría de las primeras producciones armenias, la crítica mundial lo ha definido unánimemente como innovador. Desde películas conceptuales como Zare o Khapush, que retratan las culturas turca e iraní en su intento por dominar el territorio armenio, pasando por comedias que cuentan el día a día en sus ciudades (Kikos, Diplomáticos mexicanos), hasta el thriller psicológico Gikor, una de las obras maestras del cine mudo armenio.

Primera crisis

Pese al éxito que gozaba, la industria comenzó a sufrir los coletazos de la Gran Depresión de los 30; en los años cuarenta el número de producciones decayó dramáticamente de la mano de su creatividad. En este lánguido periodo las historias del cine armenio se convirtieron en cliché sobre hazañas heroicas de la revolución.

En los cincuenta y sesenta la narrativa de las producciones cambió, combinando absurdas realidades con una forma poética de ver la vida, pero sobre todo, reflejando autoconciencia. El resultado de esta peculiar mezcla dio origen a la película de mayor éxito del cine armenio según la crítica especializada: El Color de la Granada de Sergei Parajnov, una historia conmovedora sobre la vida del poeta Sayat Nova. La producción, única e incatalogable según los críticos de ambos lados del Atlántico, reflejó el realismo soviético que hizo famoso a su director.

     

El Color de la Granada

El Color de la Granada

Parajnov: La Última Primavera

Parajnov: La Última Primavera

Segunda crisis

A pesar de haber alcanzado la madurez para la década de los 80, el colapso de la Unión Soviética repercutió en la industria fílmica de los Estados bajo la Cortina de Hierro. Muchos estudios cerraron mientras que directores y actores enfrentaron una pausa creativa, en parte por la falta de recursos para la realización.

Para los noventa y la primera década de los 2000, produciendo con dinero de sus bolsillos, los directores del cine armenio reflejaron la nueva realidad que  enfrentaba el país. Filmes como Una Voz en el Desierto, Sangre, Laberinto o Los Condenados, muestran la tensión en la que vivía el pueblo armenio tras el fin de la influencia comunista.

Por la misma época, una nueva cantera de cineastas se acercó a los trabajos de su predecesor y héroe: Sergei Parajnov. Películas dedicadas a honrar su trabajo y explicar lo fenomenal de su aporte al cine nacional vieron la luz bajo nombres como Parajnov: La Última Primavera y Parajnov: El Último Collage.

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