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El peso del comunismo y el cine independiente de Bulgaria
Como cualquier industria de la Unión Soviética, el cine búlgaro es un controversial legado del comunismo. A pesar de que alcanzó una era dorada durante este periodo, fue también concebido como una pieza del totalitarismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, el establecimiento del comunismo en Bulgaria llevó a la completa nacionalización de la industria fílmica, desde la producción hasta la distribución en las de cine. Así, el Estado tenía control ideológico sobre la producción, imponiendo argumentos y directores, obligación que a su vez servía como mecanismo de censura. Considerablemente subsidiado, este cine controlado permitió a muchos productores adquirir competencias profesionales en corto tiempo, gracias a la existencia de escuelas de cine en la Unión Soviética (Checoslovaquia, Polonia, y Bulgaria desde 1973) y a través del desarrollo de medios técnicos. La capacidad de producción aumentó considerablemente tras la guerra. Cada año, Bulgaria produjo un promedio de 25 películas para la televisión nacional, y también un número importante de documentales y producciones de animación. El último año del régimen fue marcado por filmes con una estética diferente. Ivan y Alexandra, de Ivan Nichev es una película sobre los amargos años del comunismo, presentando dos niños de escuela que se denuncian el uno al otro mientras sus padres critican a las autoridades del régimen.
Lanzado en 1988, fue nominado en el Festival de Cine de Berlín y permitió a Ivan Nichev ser reconocido como uno de los mejores cineastas que Bulgaria jamás haya visto. El cine de Bulgaria comenzó a independizarse del Estado con el fin de la Guerra Fía, dependiendo de las condiciones del mercado y la competencia extranjera, se decidía su financiación por parte del Estado. Sin embargo comenzó una crisis en la producción y distribución debido a la falta de interés del público, ya un poco acostumbrado al cine estadounidense. El fin de la censura también permitió a muchos cineastas la realización de películas críticas al régimen, con directores que proyectaron los matices de los años pasados y la herencia que dejaron años de guerra y comunismo. Hasta el Fin del Mundo de Ivan Nichev es uno de ellos, un viaje nostálgico y sentimental de dos personajes que recuerdan su país después de cincuenta años de comunismo. El cine búlgaro de hoy ha ganado reconocimiento internacional gracias a directores como Krassimir Kroumov, Milena Andonova, Ivan Cherkelov y Iglikka Triffonova, quienes se han distinguido en diversos Festivales de cine. Ellos han abierto el camino para crear una única y moderna forma de hacer cine. |


