|
La “belle époque”: cuando Francia y Europa florecieron Tras años de guerras imperiales y luchas de poder, desde 1871 hasta 1914, Europa vivió una floreciente era de progreso. Este momento histórico coincidió con la era de la Tercera República Francesa y fue un periodo caracterizado por optimismo, paz en Francia y el continente, y descubrimientos científicos y tecnológicos. El concepto de “belle époque”, o época bella, nace cuando en Francia se ven los años previos a las dos guerras mundiales como un tiempo de alegría y gozo en comparación con los primeros 50 años del siglo XX. Durante la “belle époque” fue que se dio espacio a la Feria Mundial de París (en 1889), para la cual fue construido el icono mundial de Francia en el mundo: la Torre Eiffel. Fue por esta época cuando París era considerado el centro del desarrollo intelectual, científico y médico, llevando la delantera Europea, y con unos Estados Unidos apenas reponiéndose de su crisis de 1873. La prosperidad de esta era francesa se vio reflejada en eventos tan importantes como el paso de la familia Peugeot de la producción y distribución de café, a las bicicletas, y posteriormente a los automóviles con su prototipo en 1890. También este año marco un antes y un después para el entretenimiento mundial con la aparición del cinematógrafo, que fue popularizado gracias a los hermanos Lumière y se dan las magníficas producciones de Georges Méliès. En la pintura, el Modernismo (Art Noveau, en francés) tomó las riendas y fue considerado como el movimiento más popular de este periodo. Este estilo decorativo, caracterizado por formas curvilíneas, se hizo prominente desde mediados de los años 1890 y dominó progresivamente en gran parte de Europa. Su uso en el arte público en París, y en sus estaciones de metro, lo han hecho sinónimo de la ciudad. En cuanto a la literatura, el realismo y el naturalismo fueron dominantes durante la “belle époque”, destacándose autores como Guy de Maupassant y Émile Zola. El realismo evolucionó en modernismo posteriormente. La poesía no se quedó atrás, dando cabida a autores imprescindibles como el simbolista Charles Baudelaire y el “enfant terrible”, Arthur Rimbaud. |
