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Los Niños Perdidos: Entrevista con la directora Michèle Jacob
La directora Michèle Jacob explora la delicada frontera entre los miedos infantiles y la resiliencia en su inquietante largometraje Los Niños Perdidos, a través de la historia de cuatro hermanos abandonados en una casa en el bosque. Conversamos con Jacob sobre su enfoque híbrido de géneros y la inspiración detrás de esta historia profundamente personal.
¿Qué te inspiró a crear Los Niños Perdidos? Mi película favorita desde la infancia ha sido Peter Pan, de James Matthew Barrie,no la versión de Disney, sino la original, más oscura y compleja. Siempre me quedó grabada, especialmente por la cuestión del miedo de los niños a crecer y la distancia que existe entre el mundo infantil y el adulto. Me empecé a fascinar con la pregunta de por qué la gente se vuelve tan infeliz al hacerse mayor. En lugar de hacer una película sobre adultos en terapia, me pareció más interesante explorar directamente la infancia. Examinar los miedos y traumas de los niños cuando se expresan más a través de las emociones que de las palabras.
¿Cómo describirías el género de la película? Es un film de género que mezcla horror, thriller, drama y esperanza. La historia sigue a cuatro niños solos en una casa aislada en el bosque que descubren que su padre se ha ido y no va a volver. La más pequeña, la más temerosa, debe enfrentar sus propios demonios para salvar a sus hermanos. Está estructurada como un cuento de hadas: tenemos un bosque, niños y una bestia, pero quise subvertir los relatos tradicionales.
Cuéntanos sobre “la bestia” en tu película. La llamamos “la bestia” porque representa la encarnación de una pesadilla infantil. Cuando un niño dibuja una pesadilla, muchas veces aparece como una gran bola negra con ojos, ni humana ni animal, como algo que vive debajo de la cama. Nos inspiramos en los espíritus de El viaje de Chihiro, de Miyazaki. El desafío era hacerla aterradora pero también empática. Ese miedo representa ansiedades del pasado y del futuro, y yo creo que, para crecer de forma feliz, uno debe abrazarlo, no necesariamente entenderlo o aceptarlo, pero sí tomarlo del brazo y decirle que todo va a estar bien.
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