Más allá del privilegio: Andrea De Sica sobre Niños de la Noche

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Más allá del privilegio: Andrea De Sica sobre Niños de la Noche

Con su ópera prima Niños de la Noche, el director Andrea De Sica da un paso fuera de la enorme sombra de su legendario abuelo, Vittorio De Sica, y comienza a trazar su propio camino cinematográfico. En esta conversación íntima, De Sica habla sobre sus decisiones artísticas, sus influencias en el cine y el complejo peso de llevar uno de los apellidos más reverenciados del séptimo arte.

Tu primera película se centra en jóvenes privilegiados, en lugar de las clases marginadas que suelen aparecer en el cine italiano. ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?
Fue algo muy personal. Vengo de una buena con buena posición, fui a los mejores colegios de Roma, y quise abordar una realidad que conozco de cerca. Por lo general, cuando el cine italiano retrata a chicos ricos, lo hace con un juicio frío, con una mirada que los vuelve desagradables. Yo quería ser lo más sincero posible, empatizar con estos personajes, porque al final esta es una película sobre la amistad. Como conozco bien esta realidad, no tengo prejuicios ni construí una visión desde lejos.

La película combina realismo con elementos casi fantásticos, líricos. ¿Cómo llegaste a ese enfoque?
La historia partió de una base muy realista. Tengo personas muy cercanas que estuvieron recientemente en internados, chicos intensos, muy desatados, que vivían todo con una energía de vida o muerte. Visité esos colegios, hablé con docentes, observé sus rutinas. Pero sentí que quedarme solo en un enfoque sociológico sería limitante. En lugar de reproducir un colegio real, elegí filmar en un gran hotel en las montañas—ese sentimiento metafísico de estar fuera del mundo, donde pude inventar un universo. Prefiero inventar antes que reproducir lo que ya vi.

Tu película tiene ecos de Suspiria, Lynch y Antonioni. ¿Cómo te influyen estos referentes?
Soy hijo del posmodernismo, esa idea de que la realidad no existe, solo nuestras construcciones mentales de ella. Pero más personalmente, soy un adicto al cine desde que era chico. Mi papá, que ya no está, compartía esa pasión conmigo. Nuestra forma más profunda de comunicarnos era mirar películas juntos. El cine fue mi catecismo, mi escuela. Esa cinefilia genera una especie de collage que construye una atmósfera de pesadilla y tensión, de ahí viene la espiritualidad de la película.

¿Cómo impactó en tu carrera llevar un apellido tan pesado como el tuyo?
Mitad carga, mitad bendición. Hay una belleza en ese legado- Ver a mi abuelo actuar en Ladrón de bicicletas y notar cómo mi mirada sobre esa misma película cambia con los años. Al principio, sentía el peso de las expectativas. Pero cuando logré hacer mis primeros trabajos de forma independiente y ganarme el respeto de mi padre y de mi familia, me relajé. Lo crucial es no traicionar tu impulso. Luché para que esta película fuera extraña, a veces incomprensible, porque mi primer largometraje tenía que ser auténticamente mío. Es una responsabilidad… y algo que entiendo y no entiendo al mismo tiempo.

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